La palabra

La palabra, regalo de Dios al hombre, nos ha de servir para hacer el bien: para
consolar al que sufre, al que por cualquier circunstancia está pasando una mala
temporada; para enseñar al que no sabe; para corregir amablemente al que yerra;
para fortalecer al débil, teniendo en cuenta que –como dice la Sagrada
Escritura– la lengua del sabio cura las heridas7; para levantar amablemente a quien ha caído, como Jesús hace constantemente. A muchos, que andan perdidos en la vida, les
enseñaremos el camino. «Me acuerdo una vez –relata un buen escritor– que en el
Pirineo, a mediodía, avanzábamos perdidos por las altas soledades (…). De
pronto, envuelto en el gritar del viento oímos un son de esquilas; y nuestros
ojos azorados, poco hechos a aquellas grandezas, tardaron mucho en descubrir una
yeguada que abajo, en una rara verdor, pacía. Hacia allí nos encaminamos
esperanzados (…). Pedimos camino al hombre, que era como de piedra; y él,
volviendo los ojos en su rostro extático, alzó lentamente el brazo señalando
vagamente un atajo, y movió los labios. En la atronadora marejada del viento,
que ahogaba toda voz, solo dos palabras sobrenadaban que el pastor repetía con
terquedad: “Aquella canal…”, estas eran sus palabras, y señalaba vagamente
allá, hacia la altura. ¡Cuán bellas eran las dos palabras gravemente dichas
contra el viento! (…). La canal era el camino, la canal por donde bajaban las
aguas de las nieves derretidas. Y no era cualquiera, sino aquella canal
que el hombre conocía bien entre todas por su fisonomía especial y propia que
para él tenía; era aquella canal. ¿Lo veis? Para mí esto es hablar»8: enriquecer, orientar,
animar, alegrar, consolar, hacer amable el camino… «Descubro también que mi
persona se enriquece por medio de la conversación. Porque poseer sólidas
convicciones es hermoso; pero más hermoso todavía es poderlas comunicar y verlas
compartidas y apreciadas por otros»9
Muchas de las personas que nos rodean andan perdidas en su pesimismo, en la
ignorancia, en la falta de sentido de lo que hacen… Nuestras palabras, siempre
alentadoras, han de indicar a muchos los caminos que llevan a la alegría, a la
paz, a descubrir la propia vocación… «Aquella canal», por aquel camino se
encuentra a Dios. Y muchos encontrarán a Cristo en esas confidencias normales
llenas de sentido positivo, que se dan en medio de la vida corriente de todos
los días.
Hablar con Dios

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La misericordia de Dios es infinita

La misericordia de Dios es infinita; inagotable «es la prontitud del Padre en
acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la
fuerza del perdón que brotan continuamente del sacrificio de su Hijo. No hay
pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la
limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena
voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir,
su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad»13. Solo nosotros podemos impedir que esa mirada de Jesús, que sana y libera, nos llegue al fondo del alma.
En la medida en que vamos conociendo más al Señor y siguiendo sus pasos,
sentimos una mayor necesidad de purificar el alma. Para eso debemos cuidar cada
una de las confesiones, evitando la rutina, ahondando en el amor y en el dolor.
Ahondar como si cada confesión, siempre única, fuera la última; alejándonos de
la precipitación y de la superficialidad. Para eso tendremos en cuenta aquellas
cinco condiciones necesarias para una buena confesión, que quizá aprendimos
cuando éramos pequenos: examen de conciencia, humilde, hecho en la
presencia de Dios, descubriendo las causas, y quizá los hábitos, que han
motivado esas faltas; el dolor de los pecados, la contrición, fruto de un
examen hondo y humilde, con un sentido más profundo de lo que es un pecado: una
ofensa al Señor, y no solo un error humano o una falta de eficacia; propósito
de la enmienda
concreto y firme, que está íntimamente unido al dolor de los
pecados y que muchas veces es el índice de una buena confesión; confesión de
los pecados
, que consiste en una verdadera acusación de la falta cometida,
con deseo de que se nos perdone, y no un relato más o menos general de la
situación del alma o de las cosas que nos preocupan. El meditar en que es el
mismo Señor quien, a través del sacerdote, nos perdona nos llevará a ser muy
sinceros, tanto como nos gustaría serlo en el último instante de nuestra vida;
cumplir la penitencia, por la que nos asociamos al sacrificio infinito de
expiación de Cristo. Esa penitencia que nos impone el sacerdote –tan mitigada
maternalmente por la Iglesia– no es simplemente una obra de piedad, sino
desagravio, reparación y satisfacción por la culpa contraída.

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Fe y Humildad

«Me confiaste que, en tu oración, abrías el corazón al Señor con las siguientes
palabras: “considero mis miserias, que parecen aumentar, a pesar de tus gracias,
sin duda por mi falta de correspondencia. Conozco la ausencia en mí de toda
preparación, para la empresa que pides. Y, cuando leo en los periódicos que
tantos y tantos hombres de prestigio, de talento y de dinero hablan y escriben y
organizan para defender tu reinado…, me miro a mí mismo y me encuentro tan
nadie, tan ignorante y tan pobre, en una palabra, tan pequeño…, que me
llenaría de confusión y de vergüenza si no supiera que Tú me quieres así. ¡Oh,
Jesús! Por otra parte, sabes bien cómo he puesto, de buenísima gana, a tus pies,
mi ambición… Fe y Amor: Amar, Creer, Sufrir. En esto sí que quiero ser rico y
sabio, pero no más sabio ni más rico que lo que Tú, en tu Misericordia sin
límites, hayas dispuesto: porque todo mi prestigio y honor he de ponerlo en
cumplir fielmente tu justísima y amabilísima Voluntad”»
«Señor, creo en Ti y te amo, hablo contigo, pero no como con un extraño, porque
al tratarte, te voy conociendo y es imposible que te conozca y no te ame; pero
si te amo, veo claro que he de luchar por vivir, día tras día, con arreglo a tu
palabra, a tu voluntad, a tu verdad»
«La Esclava del Señor es hoy la Reina del Universo. Quien se humilla será
exaltado
(Mt 23, 12). Que sepamos ponernos al servicio de Dios sin
condiciones y seremos elevados a una altura increíble; participaremos en la vida
íntima de Dios, ¡seremos como dioses!, pero por el camino reglamentario:
el de la humildad y la docilidad al querer de nuestro Dios y Señor»
San Josemaría

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La Santa Cruz

 

La Cruz de cada día es una gran oportunidad de purificación, de desprendimiento y de aumento de gloria12. San Pablo enseñaba con frecuencia a los cristianos que las tribulaciones son siempre breves y llevaderas, y el premio de esos sufrimientos llevados por Cristo es inmenso y eterno. Por eso el Apóstol se gozaba en sus tribulaciones, se gloriaba de ellas y se consideraba dichoso de poder unirlas a las de Cristo Jesús y completar así su Pasión para bien de la Iglesia y de las almas13. El único dolor verdadero es alejarnos de Cristo. Los demás padecimientos son pasajeros y se tornan gozo y paz: «¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?

»Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; solo la alegría de saberse corredentores con Él»

El trato y la amistad con el Maestro nos enseñan, por otra parte, a ver y a llevar con una disposición joven, decidida, alejada de la tristeza y de la queja, las dificultades que se presentan. Las veremos, igual que han hecho los santos, como un estímulo, un obstáculo que es preciso saltar en esta carrera que es la vida. Este espíritu alegre y optimista, incluso en los momentos difíciles, no es fruto del temperamento ni de la edad: nace de una profunda vida interior, de la conciencia siempre presente de nuestra filiación divina. Esta disposición serena, optimista, creará en toda circunstancia un buen ambiente a nuestro alrededor en la familia, en el trabajo, con los amigos… y será un gran medio para acercar a otros al Señor.
Hablar con Dios

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Contradicción

«Es mejor para mí, Señor, sufrir la tribulación, con tal de que tú estés
conmigo, que reinar sin ti, disfrutar sin ti, gloriarme sin ti. Es mejor para
mí, Señor, abrazarme a ti en la tribulación, tenerte conmigo en el horno de
fuego, que estar sin ti, aunque fuese en el mismo Cielo. ¿Qué me importa el
Cielo sin ti?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?» San Bernardo.
La Virgen Nuestra Madre, que nos ayuda en todo momento, nos oirá particularmente
en los más difíciles. «Dirígete a la Virgen –Madre, Hija, Esposa de Dios, Madre
nuestra–, y pídele que te obtenga de la Trinidad Beatísima más gracias: la
gracia de la fe, de la esperanza, del amor, de la contrición, para que, cuando
en la vida parezca que sopla un viento fuerte, seco, capaz de agostar esas
flores del alma, no agoste las tuyas…, ni las de tus hermanos»
San Josemaría

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El Nacimiento de la Madre de Dios

Y este es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el Nacimiento
de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes (…). Que toda
la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se únen en esta celebración y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo.
María, desde la eternidad, es predestinada por la Trinidad Beatísima para ser la Madre de su Hijo. Para este fin fue adornada de todas las gracias.
Hoy escucha nuestro canto de acción de gracias a Dios por haberla creado, y nos mira y nos comprende porque Ella -después de Dios es quien más sabe de nuestra vida, de nuestras fatigas, de nuestros empeños.
Debemos sentirnos felices por principio cuando en el seno de una madre se forma un niño y cuando ve la luz del mundo. Incluso cuando el recién nacido exige dificultades, renuncias, limitaciones, gravámenes, deberá ser siempre acogido y sentirse protegido por el amor de sus padres»16. Todo ser humano concebido está llamado a ser hijo de Dios, a darle gloria y a un destino eterno y feliz.
Poseía Nuestra Señora una viva imaginación que le hizo tener una vida llena de iniciativas y de sencillo ingenio en el modo de servir a los demás, de hacerles más llevadera la existencia, a veces penosa por la enfermedad o por la desgracia… Dios la contemplaba lleno de amor en los menudos quehaceres de cada día y se gozaba con un inmenso gozo en estas tareas sin apenas relieve.
¿Cuál y cuánta no será la alegría del pueblo cristiano al celebrar el nacimiento
de la Virgen María, en cuyo seno, como en un templo sacratísimo, descendió Dios  en persona para recibir de ella la naturaleza humana y se dignó vivir  visiblemente entre los hombres?». No dejemos de festejar hoy a Nuestra Señora con esas delicadezas propias de los buenos hijos.
Hablar con Dios

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Amigos de Dios…

Un día el Maestro, extendiendo sobre sus discípulos su mano, pronunció estas
consoladoras palabras: He aquí a mi madre y a mis hermanos…5. Y nos enseñó que quienes creen y le siguen con obras –los que cumplen la voluntad de mi Padre– ocupan en su corazón un lugar de predilección y le están unidos con lazos más estrechos que
los de la sangre. En el discurso de la Última Cena les dirá, con sencillez y
sinceridad conmovedoras: Como el Padre me ha amado, así también Yo os he
amado… Os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todas las cosas que
he oído a mi Padre
«Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro…
»—Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti»12.
A Jesús le gustaba conversar con las personas que acudían a Él o con las que encontraba en el camino. Aprovechaba esas conversaciones, que en ocasiones se iniciaban sobre temas intrascendentes, para llegar al fondo de sus almas y llenarlas de amor. Todas las circunstancias fueron buenas para hacer amigos y llevarles el mensaje divino que había traído a la tierra. Nosotros no debemos olvidar que «amistad y caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor»

La caridad sobrenatural fortalece y enriquece la amistad. El amor a Cristo nos vuelve más humanos, con más capacidad de comprensión, más abiertos a todos. Si Cristo es el mejor amigo, aprenderemos a fortalecer una relación que quizá se estaba rompiendo, a quitar un obstáculo, a superar el egoísmo y la comodidad de quedarnos en nosotros mismos. Junto al Señor sabremos hacer mejores, llevar a la santidad, a quienes tenemos más cerca, porque les transmitiremos la fe en Él. A lo largo de los siglos, ¡cuántos han transitado por la senda de la amistad hacia el Señor!
El amigo fiel no hay con qué pagarlo19. Mostró su fidelidad hasta dar su vida por cada
uno de nosotros. Aprendamos de Él a ser amigos de nuestros amigos, y no dejemos
de dar a estos lo mejor que tenemos: el amor a Jesús.
Hablar con Dios

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